El tío Manuel

Los recuerdos, a veces llegan de manera anárquica e inesperada, pero normalmente se evocan periodicamente cuando nos reencontramos en nuestra rutina vital con algo, un objeto, lugar o fecha, que indefectiblemente tenemos asociado en algún lugar de nuestra memoria.

Sin duda en las fechas navideñas, esos “evocadores de recuerdos” se prodigan más que en ninguna otra época del año. Y la llegada de los reyes magos es una de ellas.

Todos tenemos familiares con los que el contacto (antes de la era de internet) se veía reducido a unas pocas visitas y encuentros en fechas destacadas (navidad, cumpleaños, comuniones y bautizos, etc…). Este era el caso de mi tío Manuel, hermano de mi abuela materna, Natalia, y su mujer, la tía Lola.

Manuel Ocaña Malpica fue el único varón de los cuatro hijos de los bisabuelos Juan José (Ocaña Carazo)  y Serafina (Malpica Moreno). Nacido como toda la familia, en el jienense pueblo de Santiago de Calatrava, en el año 1901. Pronto tuvo que buscarse la vida emigrando a Madrid con su mujer la tía Lola (Dolores Gordo Velasco), en donde como albañil, sabemos que trabajó en la construcción del edificio de la Telefónica de la calle Gran Vía entre los años 1926-1930, y en 1935 aparece como admitido en la oposición al cuerpo de Guardas del recién creado Patrimonio Forestal del Estado, con resultado seguramente frustrado por los acontecimientos del año siguiente.

La guerra civil, la soportaron también en la capital, ya con sus tres hijos, y debieron pasar lo suyo, como todos los madrileños. Poco más sabemos de aquello, toda vez que como todos nuestros mayores, aprendieron a hablar poco del tema.

Nuestros recuerdos infantiles, de los años sesenta, se reducen a las visitas mutuas que una par de veces al año hacíamos a casa de los tíos, en la muy céntrica plaza de Puerta Cerrada en el Madrid de los Austrias. Allí la tía Lola regentaba la portería de una muy humilde casa de vecinos (entonces todas tenían porteros) que le daba derecho a vivienda lo que sin duda reducía los gastos del día a día.

¡Bueno, si a aquello se le podía llamar vivienda! Después de superar una estrecha y empinada escalera, en el primer descansillo justo a la derecha, estaba la casa-tubo. Una sola ventana a la calle, justo en la esquina de la plaza, con un espacio dormitorio y directamente tras unas cortinas el comedor-estar-entrada y más al fondo casi ya sin luz natural, la cocina con un habitáculo-retrete en el que apenas éste cabía. Y allí vivieron, criaron y sacaron adelante a sus hijos.

A pesar de aquella penuria de recursos, recuerdo siempre lo bien acogidos que éramos y como la tía Lola no nos dejaba marchar sin cenar o merendar o lo que encartase. Siempre había unos generosos huevos con patatas o chorizo de Santiago que nos sabían a gloria.

Estas visitas eran de vez en cuando… pero lo que era fijo y no fallaba nunca, era la visita del tío Manuel en la mañana del día de reyes cada seis de enero. Con no poco esfuerzo, sobre todo siendo ya mayor, venía con los regalos de reyes, en el metro y el tranvía, hasta nuestra casa, más allá de la Plaza de Castilla, casi ya en el pueblo de Fuencarral.

Los regalos de reyes del tío Manuel.

¡Entre ellos no faltaba nunca el carbon dulce de los niños malos!. Pero de inmediato teníamos otro más interesante…por lo menos el primer año. Un plumier. Siempre un plumier, de un tipo o de otro, año tras año, los reyes del tío Manuel se repetían.

Ahora recuerdo con cariño a mis tíos y sus regalos de Reyes, y  aquellos plumieres de nuestros primeros años escolares. Especialmente aquellos de madera de dos pisos, que guardaban nuestros lápices y escasos bolígrafos, e incluso plumillas (cuando comento que me enseñaron a escribir con plumilla, no se lo creen) de los primeros años.

En fin, sirvan estas líneas como pequeño homenaje de recuerdo al tío Manuel y la tía Lola, a los míos y a los que todos tenemos por ahí, seguro, en algún lugar de la memoria.

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